El Archivo Histórico de la Provincia

Miles de historias en un solo lugar
El Archivo Histórico de la Provincia conserva casi dos millones de documentos, con un esfuerzo loable. Las firmas de grandes personalidades y hasta los juicios más insólitos de hace más de un siglo, permanecen intactos, al alcance de los amantes de la historia. Abundan las curiosidades
Santiago de Liniers, Facundo Quiroga y Domingo Faustino Sarmiento, son sólo algunas de las personalidades de nuestra historia que tienen su lugar en el Archivo Histórico de la Provincia. Otros nombres, quizás no tan populares, también están presentes en esta institución, que en diciembre cumplirá 80 años. Casi dos millones de documentos se conservan en el Archivo Histórico que, desde 2003, depende del Instituto Cultural de la Provincia. Hay algunos que se destacan por ser tan preciados como llamativos. Y Claudio Panella, director del Archivo “Dr. Ricardo Levene”, los mostró con orgullo a Hoy. “No sólo buscamos preservarlos, sino también difundirlos”, contó el historiador. Los originales Si algún amante de la historia quiere bucear sobre el caudillo Facundo Quiroga, podrá encontrarse con el sumario levantado en 1835 contra los asesinos que le hicieron una emboscada en Córdoba. “Hoy atesoramos esos papeles por una decisión de Juan Manuel de Rosas, que dudaba de que el gobernador cordobés estuviese implicado”, recuerda Panella. Tan legible como si el tiempo no hubiera pasado, se conserva la firma de Santiago de Liniers en una disposición que firmó tras las invasiones inglesas con su puño y letra. También hay documentos del Marqués don Rafael de Sobremonte, y cartas del mismísimo Domingo Faustino Sarmiento. La historia curiosa Entre esas páginas amarillas, apenas corroídas por el paso del tiempo, aunque muchas tienen más de 200 años, hay llamativas historias. Un ejemplo de esto es el juicio que una mujer, en el año 1792, le inició a su marido por haberle cortado el pelo. Y la “prueba del delito” quedó registrada en los documentos judiciales de la “Real Audiencia”, como por entonces se denominaba a la Justicia. “En aquella época, cortarle el pelo a una mujer era símbolo de agravio”, explica Panella, al tiempo que señala un mechón del polémico cabello que perteneció a Manuela Moreira, la dama ofendida con su impetuoso marido. Así de curiosos son también los documentos de otro juicio que le hicieron a un comerciante en 1880, que tuvo la osadía de vender pecheras en lugar de camisas, como este porteño aseguraba. Claro, la indumentaria también quedó archivada sobre el dorso de las páginas judiciales, y hoy forma parte del catálogo provincial. “Somos custodios de algo que es de todos los bonaerenses”, concluye Panella, que dirige el Archivo de la Provincia desde 2002. El Archivo funciona en el Pasaje Dardo Rocha, ubicado en 6 y 50 de La Plata.

Una pequeña historia de la poesía platense

Diagonal poética
Detrás de la historia hay siempre otras, menos conocidas pero igual -o más- de interesantes. Es el caso de la poesía platense, un género que tuvo adeptos desde la fundación de la ciudad, y generaciones ilustres (como los de la Primavera fúnebre). Aquí un repaso, desde la pluma de Jorge Héctor Paladini, crítico de arte
Para el platense culto, todo o gran parte del fenómeno literario del país, discurrió fuera de la ciudad, preferentemente, en Capital Federal, esa urbe que siempre deslumbró a tantos (y cuyos méritos, sin duda, nadie puede discutir). Pero La Plata tuvo, también, una historia literaria que algunos intentaron indagar. Y en ella, la de la poesía cubre un capítulo valioso de nuestra cultura. Matías Behety, que fue el primer vate que fallecó en la ciudad incipiente -en 1885-, dejó más leyenda que obra con su cuerpo momificado, y conformó una leyenda dolorosa, cuyos ecos lleagaron a la, en aquellos tiempos, lejana Buenos Aires. Posteriormente, la tarea de Pedro. B. Palacios, conocido como Almafuerte, alcanzó dimensiones nacionales, y aunque fuese en vida algo soslayado por la cultura oficial y algo académica, su verso sonoro alcanzó un amplio eco en el público, y hasta un poema suyo, “El apóstrofe al Kayser”, fue el primer poema de un vate argentino traducido en Europa en la Primera Guerra Mundial, pues fue vertido al francés, italiano, inglés y alemán y considerado, también, un aporte al esfuerzo bélico de los Aliados de entonces que se reprodujo en los diarios y revistas de aquellos países beligerantes. Primavera negra Pero la primera generación de poetas genuinamente platenses fue la que Rafael Alberto Larrieta llamó “la primavera fúnebre de La Plata”, pues ninguno de ellos llegó a los treinta años, murieron todos muy jóvenes. Eran: Ripa Alberdi, Mendioroz, Delheye y López Merino, (cuyas obras tenía muchos puntos de contacto y unidad pues sus lecturas fueron las comunes de aquella época, entre el año 1925 y 1930). Sus versos representaban a La Plata de entonces, de vida arremansada y casi pueblerina, y los autores que amaban eran los franceses Samain, Maeterlinck y Rodenbach, belgas éstos pero que escribían un bellísimo francés, y hasta el místico Ruysbroeck, flamenco de enigmática obra. Su delicada poesía se lee, al cabo del tiempo, con placer y con alegría, como toda genuina labor. La generación del ‘40 Posteriormente aparece la llamada “generación del ‘40”, pues sus integrantes cumplen su tarea creadora entre el año 1935 y 1945. Aquí La Plata no es ya, el centro y espíritu de la poesía sino, precisamente, la provincia de Buenos Aires, que alcanzará amor y poemas en la obra de Casey y su Chivilcoy natal, de Isusi con su Chascomús, Catani con su Nueve de Julio, cantando desde la ciudad que les había acogido con cariño y culmina con el magnífico Canto a la provincia de Buenos Aires, de Núñez West. Y la mujer, al fin, alcanza un justo lugar con las voces de Lahitte y Venturini, investigadora la primera de nuestras letras y cuya perseverancia ha rescatado tanto del injusto olvido. Precisamente Ana Emilia Lahitte junto al inolvidable Roberto Saravi Cisneros intentaron, siempre, trazar la historia y el perfil de las letras platenses en su infatigable tarea de amorosa recuperación. La Guerra y después Posteriormente, y luego de la Segunda Guerra, que modificó por sus consecuencias mucho del ambiente cultural de la ciudad, emergen otros poetas que intentarán y lograrán, con su labor tesonera y fecunda, un lugar honroso para nuestras letras. Su poesía, ya, podemos clasificarla, tentativamente, de “metafísica”, pues en ella ya no está La Plata ni la Provincia. Pero la voz de estos creadores seguirá siendo, siempre, “platense”, y así suman sus textos Castillo, Oteriño, Ballina, Mux y Preler, alcanzando resonancia nacional e internacional con poemas de cuidado respeto por el idioma, y de honda calidad literaria y humana. Luego surgen otros nombres hasta nuestros días como los de Coto, Cantonia y Pilia, que suman por derecho propio sus textos y poesía a una tradición que entronca, y firmemente, con la historia de la poesía platense, y que han sido distinguidos con numerosos premios. La deuda interna La Plata siempre contó con una activa labor universitaria, y una vida cultural en la que colaboraron periodistas de relieve como Sureda, Saraví Ceisneros, Denis Krause y muchos más. Aquí emergieron revistas de notable calidad como “Valoraciones”, “Cuadernos del Sagitario”y otras, reconocidas en el país y el extranjero (pero que no aún no hallaron eco en las aulas escolares del partido, excepción hecha de Almafuerte). Sería grato que alguna vez alguien intentase, al fin, acercar la obra de sus poetas al aula, para que de esa forma, y desde los primeros pasos supiéramos hallar la belleza que sus soñadores crearon en el silencio (no pocas veces, en medio de la indiferencia). Pero éste es un signo, y lo afirmamos con melancolía, que parece marcar la huella del poeta en muchas ciudades del mundo. No importa, los seguiremos amando, gracias a ellos La Plata fue calificada, un día no muy lejano como “ciudad de poetas”. Jorge Héctor Paladini

La Pachamama en La Plata

Los pueblos andinos que viven en nuestra ciudad celebraron el despertar de la tierra
Es la ceremonia ancestral en la que las culturas aymara y quechua piden permiso a la tierra antes de sembrar, para que las cosechas sean buenas. La cita sirve para preservar la cultura, las comidas y la lengua. Decenas de descendientes de pueblos originarios se juntaron en un predio municipal
Un camino de pochoclo delimita y abre la puerta hacia la “mesa”, lugar sagrado donde se depositan todos los elementos que se usarán en la ceremonia. El calor del carbón recién encendido y los sonidos que disparan los parlantes proyectan a los presentes a la cordillera norte de nuestro país. Es tierra bien platense, y muchos de los descendientes de los pueblos andinos son nacidos acá. Pero no deja de ser “tierra madre” o Pachamama, y como tal merece ser celebrada. La época de siembra se aproxima y como cada año, los pueblos aymara y quechua le piden permiso a la tierra para proceder. La costumbre es ancestral y es una garantía de que la cosecha será buena y proveerá los alimentos para todo el año. También es un rito para que los animales se reproduzcan y no se extingan. Una conexión mística une a los que por distintas razones tuvieron que mudarse a nuestra ciudad y sus descendientes, con quienes se quedaron. El predio municipal ubicado en el corazón del Paseo del Bosque se convirtió por unas horas en territorio sagrado. Banderas multicolores, que en realidad son “whipala”, un emblema que representa la igualdad de los seres pese a la diversidad, como camino a la unidad de la sociedad, delimitan la zona donde la tierra recibirá los alimentos. Cerca se levanta el escenario donde varios grupos musicales y de danza darán vida a un festival. Entre ellos se destacan los integrantes de Perutusuy, un grupo de danzas peruanas, que representó un ritual al sol, y otra danza que representa la forma en la que se trabaja la tierra. Momento sagrado “Esta ceremonia es sagrada, por eso pedimos que no saquen fotos”, dice Wuarachikuy, uno de los mayores, cuya palabra es inapelable para el resto. Es una suerte de jefe o cacique que se encarga de organizar y presidir la celebración, que durará dos horas, junto a una de las mujeres. “La presencia de las mujeres es muy fuerte. Garantiza el equilibrio, la dualidad”, explica Laura, una joven jujeña que juega con sus trenzas mientras habla de la importancia que tiene el preservar la cultura. Su grupo se junta por lo menos una vez por semana para intentar trasmitir la lengua quechua y aymara, y para preservar, “pese a que estamos lejos”, nuestras comidas, nuestra cultura y nuestras ceremonias”. Cerca de ella está Amaru, un niño de poco más de un año que se asoma detrás de la espalda de su madre. Aunque nació en La Plata, el chico es portador de la más pura cultura andina. Su madre no es quechua ni aymara, en realidad es descendiente de querandíes, pero se acercó a las comunidades y con el tiempo se sintió parte. El año pasado fue protagonista de una ceremonia en la que se puso el nombre originario. “Me llamo Chask’Anawi”, dice orgullosa, “que quiere decir ojos resplandecientes”.

La sedería que viste a las familias más tradicionales de La Plata

Trabaja telas para la alta costura
Sedería Héctor tiene infinidad de clientes tanto en nuestra ciudad como en el interior bonaerense. Se mantiene fiel a sus tradiciones y vistió a la recordada Ana Goitía de Cafiero, entre otras personalidades. Rinde culto a la buena atención
Si hay un comercio que supo conservar las tradiciones más allá del vertiginoso paso del tiempo es, sin dudas, la Sedería Héctor. Ubicado en pleno corazón del centro platense -para ser precisos, en 54 entre 8 y 9- este elegante local consagrado a la alta costura, disfruta del asesoramiento a sus clientes y de las atenciones que son difíciles de encontrar en otros ámbitos. Aunque parezca mentira, sigue regalado una batita de seda al primer hijo de las damas que le compran la tela para su traje de novia. La historia, plena de esfuerzo y buen gusto, comenzó a escribirse en marzo de 1959 cuando Héctor Bordagaray abrió su primer local en 6 y 46. La primera mudanza fue a 47 entre 7 y 8; y, ya en agosto del ‘77, inauguró el local que ocupa en la actualidad. Con admirable visión de futuro, Don Héctor apostó a las telas de primer nivel y logró conquistar a una distinguida clientela que incluyó (y sigue incluyendo) a las familias más tradicionales de la ciudad. Héctor ya no está. Y quienes mantienen viva aquella tradición son su esposa, Nelly; su nuera, Alejandra; su nieta, María Emilia, y Osvaldo, un vendedor que lleva alrededor de 20 años trabajando junto a la familia. Madrinas, quinceañeras y damas que van en busca del corte para confeccionar el vestido ideal, son quienes visitan la sedería. Muchas son nietas o hijas de fieles clientas de la casa. Esposas de empresarios, jueces, funcionarios o profesionales, y señoras de clase media se visten en esta casa por la que supieron pasar desde Ana Goitía de Cafiero -”una mujer encantadora”, recuerda Nelly- hasta los familiares de los ex gobernadores bonaerenses Domingo Mercante (PJ) y Anselmo Marini (UCR). “El secreto no sólo radica en las telas, sino también en la atención”, recitan Alejandra y Nelly prácticamente a coro. Y, acto seguido, desgranan una anécdota que tiene como protagonista al vendedor. Hubo una clienta que en infinidad de oportunidades entró para mirar los colores, examinar las texturas e indagar sobre los precios, pero sin comprar absolutamente nada. Así estuvo durante cinco largos años en los que Osvaldo la recibió con su mejor sonrisa y toda la paciencia del mundo, hasta que un buen día la mujer le dijo: “Está bien, me ganó”; y realizó una compra formidable. No es para menos, ya que las telas que llegan de Francia, España o Italia, son prácticamente irresistibles.

Las historias ocultas del Museo

Los tehuelches que murieron en los sótanos
Por Pablo Spinelli
De la Redacción de Hoy
Fueron traídos a La Plata por Francisco P. Moreno, y trabajaron en las catacumbas hasta su muerte. El líder del grupo era el cacique Inacayal, cuyos restos fueron restituidos a los aborígenes en 1994. Ahora, un grupo de investigadores encontró en depósito su cerebro disecado y su cuero cabelludo
Los restos del cacique Inakayal descansan en su tierra desde 1994. Una Ley nacional dispuso que su esqueleto, que hasta la década del ’40 fue expuesto en las vitrinas del Museo de La Plata, fuera restituido a sus descendientes. Pero el cuerpo no está completo: un grupo de investigadores encontró recientemente en los depósitos del Departamento de Antropología Física su cuero cabelludo y su cerebro disecado. La aparición de esos elementos, cuya autenticidad está respaldada por el número de catálogo de ubicación que tienen grabado, aporta información y reaviva en la comunidad científica el debate en torno al destino que debieran tener los restos humanos que existen en el Museo. También pone en cuestión la concepción con la que la institución fue creada a fines del siglo XIX, y reflota una historia poco contada: la de los aborígenes que fueron traídos en esa época con supuestos “fines científicos”, que vivieron y trabajaron en las catacumbas del edificio del Bosque, y cuyos cuerpos fueron sometidos después de su muerte a prácticas de conservación que más tarde permitieron su exposición. Cinco vidas Los restos mejor identificados por el grupo de investigadores que encontraron la cabellera y el cerebro de Inakayal, integrado por Fernando Pepe, Miguel Añón Suárez, Patricio Harrison, Carolina Pérez Levalle, Diego Andreoni, Mariana Sanguinetti y Carolina Salazar Siciliano, son los de cinco aborígenes que vivieron entre 1884 y 1894, y cuyo destino común fue la muerte, el descarnamiento y la exposición de sus esqueletos. Además del cacique, los investigadores bucean en las vidas de “la mujer de Inakayal” (cuyo nombre se desconoce); Margarita, la hija del cacique Foyel; que junto a Inakayal era lugarteniente de Sayhueque; Tafá, una mujer mayor originaria de Tierra del Fuego, y Maishkenzis, un joven yamana que murió a los 23 años y su esqueleto se expone aún hoy en una vitrina de la sala de Antropología Física (ver aparte). La historia cuenta unívocamente que el grupo fue traído desde la Isla Martín García por Francisco P. Moreno, entonces director del Museo. Las diferencias empiezan cuando se especula con las intenciones del investigador. Mientras una versión indica que Moreno se apiadó de los aborígenes y los trajo para que tengan una vida mejor bajo su tutela, se cree también que para entonces el científico ya tenía las nociones y el equipo para llevar adelante técnicas de conservación y descarnamiento que le permitirían quedarse con los esqueletos “limpios”. Esa versión sostiene la hipótesis de que por lo tanto existía una premeditación sobre el destino “científico” que esos cinco indígenas y muchos otros finalmente tuvieron. Los hallazgos más relevantes del grupo de investigadores que se internaron en los depósitos del museo son dos: el cuero cabelludo y el cerebro disecado de Inakayal, cuyos números de catálogo son el 5443 y el 5434 respectivamente. La confirmación de que esos elementos y números corresponden al cacique remiten a la bibliografía básica del Museo: el Catálogo de la Sección de Antropología del Museo de La Plata, cuyo autor es Roberto Lehman Nitsche, un reconocido antropólogo alemán que trabajó intensamente junto a Moreno, hasta que en 1911 publicó ese minucioso relevamiento de los aborígenes que vivieron en las catacumbas.

Historia de los suizos en La Plata

La minúscula y pionera inmigración que colaboró con la creación de la ciudad
22-8-06: Hoy se cumplen 120 años de la creación de la Helvecia Sociedad de Socorros Mutuos. Fue fundada por Eduardo Miche, un suizo mayordomo de los Iraola, que se asentó en Tolosa cuando La Plata todavía no había sido soñada. El primer contingente en llegar fue de 200 personas, que en forma organizada salió de su tierra. Muchos de ellos moldearon finas estructuras en los edificios platenses y trabajaron en el Museo de Ciencias Naturales
Eduardo Miche era mayordomo en la estancia de los Iraola, primogénita familia dueña de gran parte de las tierras de lo que hoy es Tolosa. El hombre, que por 1850 todavía le costaba dominar el español, fue uno de los primeros suizos en pisar estas latitudes. En 1886 puso la piedra fundacional de la Helvecia Sociedad de Socorros Mutuos, la conocida Casa Suiza, que hoy cumple 120 años. Aunque poco difundida, la historia de los suizos en esta región es tan particular como fecunda. “Formaron parte de una inmigración temprana y organizada, mucho antes de la española e italiana”, introduce la actual presidenta de dicha entidad, Lucila Noelting, nieta de suizos y profesora de historia con más de 30 años de experiencia en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Muchos de estos hombres y mujeres contribuyeron para la creación de la capital bonaerense, que cuando llegó Miche todavía no figuraba ni en los sueños de su fundador, Dardo Rocha. “Los primeros vinieron en la época de Urquiza -prosigue Noelting-, hace 150 años. Eran 200 familias, que planificadamente salieron de Suiza con destino a una tierra desconocida. La mayoría se afincó en Santa Fe (en Esperanza, San Jerónimo y San Carlos), y otros pocos se desperdigaron en Entre Ríos”. Casi todos ellos eran artesanos, obreros calificados o ferroviarios, que no se adaptaron a la Revolución Industrial que se vivía en Europa. Por eso decidieron emigrar. El primer gran desembarco en nuestra ciudad fue de 200 personas, dice la profesora. “Muchos eran naturalistas y botánicos que rápidamente empezaron a trabajar en el Museo de Ciencias Naturales. Otros se destacaban en el arte de las construcciones y en los ferrocarriles. Tanto es así que gran parte de las molduras y detalles de calidad de los primeros edificios de La Plata fueron hechas por manos suizas”. En el siglo pasado, la obra de Le Corbusier, que diseñó la Casa Curutchet, es uno de los tantos ejemplos de continusimo de ese buen gusto (ver aparte). Dentro de la primera camada aún se recuerda a Enrique Delacheaux y Santiago Roth, que construyó la segunda parte de la Casa Suiza, hoy en 2, entre 44 y diagonal 80. “Fue creada como una sociedad de socorros mutuos para asistir a todos los integrantes de la colectividad. Se brindaban servicios médicos, de famarcias, sepelios, etc”, recuerda Noelting. Actualmente, esta función desapareció completamente. De las primeras 200 personas, 196 están en la sociedad. Hoy tiene apenas 60 afiliados, quienes pagan una cuota de 3 pesos por mes. “Los suizos llegaron antes de la inmigración aluvial. Tenían fuertes criterios sociales y de buen gusto, prácticamente crecieron junto a la ciudad. Muchos se destacaron por las donaciones que realizaban, ya sea de dinero como de trabajo. El que no tenía plata, ponía a disposición su capital humano para levantar una pared o arreglar una vía. Esta fue su principal característica”, se enorgullece Noelting. La suiza más antigua Ya en el siglo pasado, en el centenario de la muerte de Don José de San Martín (1950), bajó del Camberra en el Puerto de Buenos Aires Sinaida Scartazzini junto a su madre María Andreavna Novitschenko. Había nacido 20 años atrás en lo que hoy es Ucrania, pero por el derecho de sangre (ius sanguinis) su documento indica la nacionalidad suiza. Su padre, Victor Scartazzini, era del pueblo de Bondo, un valle helvético donde se habla tanto alemán como italiano. Sina, que hizo hasta la escuela secundaria en su tierra, se asentó en Belgrano R. Muy pronto se casó con el búlgaro Slavko Georgieff, que venía escapando del comunismo y al que conoció en el barco; y se radicó para siempre en Berisso. Hoy es la mujer más grande que arribó de Suiza a estos lares. “En esos años venir a la Argentina ya era una locura, porque en Suiza las cosas estaban bastante bien. Acá hacíamos cola hasta para comprar papa... Los suizos que llegaban se iban a Bariloche o Villa General Belgrano (Córdoba)”, recuerda Sina, que sigue viviendo a metros del Barrio Obrero, donde es vecina del actual intendente Enrique Sleczak. En la capital del inmigrante echó raíces y formó su familia, que hoy conserva las tradiciones y la profunda y cosmopolita cultura paterna. Fruto de su matrimonio con Slavko, nacieron Victorio y Margarita; en la actualidad constituyen una de las familias de sangre suiza más numerosas de la región. Sina tiene tres nietas (Carolina, Gabriela y Alejandra), una bisnieta (María Sol) y una que está por venir (Delfina). Doble nacionalidad en el documento y el corazón, todas recuerdan las añoranzas de su abuela políglota junto a las historias de aquellos suizos que llegaron a esta región para concretar un sueño. Muchos, como Sina, lo cumplieron.
Histórica neutralidad en más de 700 años
Los suizos son conocidos por su histórica neutralidad política, comenzada en 1515 tras la derrota contra Francia en la Batalla de Marignano por la dominación del Milanesado, y por no haber participado militarmente en ninguna de las guerras mundiales. En 2002 Suiza se convirtió en miembro pleno de las Naciones Unidas. La creación de la Confederación Helvética se remonta a 1291, cuando representantes de los tres cantones de Uri, Schwyz y Unterwalden firmaron la Carta de la Alianza, que los unió en la lucha en contra del gobierno de los Habsburgo, que en aquel tiempo controlaban el trono alemán imperial del Sacro Imperio Romano. En el Tratado de Westfalia en 1648, los países europeos reconocieron la independencia de Suiza del Sacro Imperio Romano y su neutralidad. En 1798, los ejércitos de la revolución francesa conquistaron Suiza. El congreso de Viena de 1815 restableció la independencia suiza y las potencias europeas aceptaron reconocer permanentemente la neutralidad suiza. Suiza adoptó una constitución federal en 1848, en la cual se eligió a Berna como capital, habiéndose rotado hasta entonces la sede de gobierno cada año y más tarde cada dos años para no menospreciar a ningún cantón de la confederación. La constitución fue reformada profundamente en 1874 y se estableció la responsabilidad federal para los asuntos legales, de defensa y de comercio. Desde entonces es continua la mejora política, económica y social que ha caracterizado a este país. Los festejos por la independencia son el 1º de agosto, cuando se recuerda la firma de dicha acta en 1291.
La huella de Le Corbusier
Un suizo radicado en Francia que pasó a la historia como arquitecto pero que en realidad nunca se recibió, fue uno de los cultores del modernismo que dejó para siempre su huella en La Plata. Este nombre (significa cuervo) que lo hizo famoso era una adaptación del apellido Lercobésier de su abuela. Charles Edouard Jeanneret (Le Corbusier) nació en 1887 en La Chaux-de-Fons, un cantón suizo. En la escuela de arte su profesor lo impulsó al estudio de la arquitectura, que lo hizo como un autodidacta recorriendo Europa. En la década del 30 se instaló en París, donde comenzó a dar clases de pintura. Resistido y polémico, conformó la primera línea de renovación junto a talentos de otras disciplinas, de la talla de Albert Einstein y Pablo Picasso. Fue el genio creador de la arquitectura moderna, pero su obra recién fue aceptada después de la guerra. Desde Francia, en 1919 diseñó la Casa Curutchet de La Plata (53 nº 320), por pedido expreso del excéntrico cirujano Pedro Curutchet. Desde 1989 el consejo Superior del Colegio de Arquitectos de la provincia de Buenos Aires (CAPBA) posee su sede en lo que es el único proyecto de Le Corbusier construido en Latinoamérica: La Casa Curutchet. Dada la importancia que posee como patrimonio arquitectónico, sus actuales propietarias, las hijas del doctor, han confiado su custodia a los arquitectos bonaerenses.

AGUILA TARDIA

En 1901, en el centro de la Plaza Italia fue levantada una columna de piedra de estilo corintio, capitel con volutas y fuste con estrías. Recién en 1917 el águila se posó en ella.
Pero este no era el designio de quienes idearon el monumento. En el proyecto de su autor, don Agustín Vecellio, la idea era colocar sobre el capitel una esfera y encima una estrella dorada : la Stella d’Italia,. Sobre las cuatro caras de del octógono que reposa en el basamento con escaleras, se pensaba poner los escudos de Argentina, Italia, La Plata y Roma. Y, en los ángulos de las escaleras, cuatro leones de metal fundido.

AMAS DE LECHE


El 25 de septiembre de 1889, a los 115 años de edad, en las caleras de Ensenada falleció María López Osornio, ama de leche de Don Juan Manuel de Rosas. Al momento de su muerte sólo vivía uno de sus cuatro hijos, que por entonces tenía 88 años y era cochero de Don Juan Ortiz de Rosas.
Otra ama de leche...Un aviso de 1890 : “Ama de leche, joven, de 27 años, con leche fresca y abundante, se ofrece una, concurrir a la calle 5 y 25, casa del señor Manzoni ( Tolosa).

COMERCIO MACHISTA


En 1910 había en La Plata 1967 casas de negocios, donde trabajaban 3.653 varones y 253 mujeres. De todos ellos, el 68% eran extranjeros. Además, había 63 empleados menores de 14 años.

EL GRAN FARO

A comienzos de 1884 se hizo el primer ensayo de alumbrado eléctrico y en agosto de ese año, en la Plaza de la Legislatura, hoy San Martín, se instaló una torre de hierro de 48 metros de altura, que funcionaba como faro luminoso de la ciudad.
Procedente de Estados Unidos, sus luces se veían desde muy lejos; de decía que los viajeros que llegaban en barco a nuestra playas la observaban a una distancia de 50 Km. Y que desde Colonia (Uruguay) se podía percibir su luminosidad.
Aquella torre era de forma triangular, tenía ascensor, reflector, pararrayos y seis lámparas con 4 mil bujías cada una en su cúspide, con un radio de iluminación intensa que abarcaba mas de un km. De circunferencia. Se lo consideraba el faro del Gran Puerto de La Plata, y fue uno de los motivos de orgullo edilicio de los platenses de aquel tiempo, que la consideraban una Torre Eiffel criolla.
La Construcción fue desmantelada a fines del siglo pasado.

PIONEROS

José Mateos de la Piedra fue el primer boticario de la región, con su negocio fundado en 1875 en Tolosa. Y el primer panadero fue un francés llamado pedro Duprat, quien, según decía el periódico LA PROPAGANDA en 1883, “vino a la Plata a proporcionar a los obreros buen pan y galleta de primera clase”.

EL TRÁNSITO SOBRE RIELES

El ferrocarril que llegaba hasta la ciudad de La Plata en tiempos de don Dardo Rocha era el que iba desde la Estación Central de Buenos Aires a la antigua estación de Ensenada.
Desde allí, donde hoy se emplaza el Centro Cívico, el tren se dirigía hacia la estación de Tolosa y proseguía hasta la 19 de Noviembre, lo que hoy se conoce como el Pasaje Dardo Rocha, en las calles 7 y 50.
Posteriormente se construyó el empalme Pereyra, que permitía la llegada a la ciudad sin pasar por Ensenada. Desde el Pasaje 19 de Noviembre había una conexión a Río Santiago, que corría por la zona del Hipódromo y bordeaba el Bosque de la ciudad.
Los típicos tranvías a caballo comenzaron a recorrer la ciudad en abril de 1884.
La empresa Laudi y Veiga lo hacía, en esos años, por el sistema Decauville (trocha angosta). En su trayecto pasaban frente a los edificios fundamentales, como el pasaje 19 de Noviembre, el Banco Hipotecario Nacional (actual sede del Rectorado de la Universidad de La Plata), el Palacio de Hacienda (7 y 45), Departamento Central de la Policía, en 2 y 5 1, la Municipalidad y Plaza Moreno.
El primer empresario se llamó Manuel Giménez. Esta empresa tenía 53 empleados y 254 caballos. En los años iniciales, alrededor de 1.000 habitantes de nuestra ciudad tomaban diariamente el tranvía una vez al día; se expendían mil boletos diarios, y la estación terminal de los tranvías a caballo tenía su emplazamiento en 7 entre 64 y 65.
Posteriormente La Plata tendría tres líneas de tranvías, que llegarían a la Ensenada, tirados por sus caballos.

PROYECTOS EDILICIOS

En julio del año 1947 fueron retiradas las rejas que circundaban el edificio del Banco de la Provincia de Buenos Aires, con lo que muchos preveían que se iba a continuar con otros edificios públicos. Con esto se facilitaría la visión del paseante y una mejor apreciación de las armoniosas líneas arquitectónicas y de sus jardines.
Se iniciaron en estos años, en Villa Garibaldi, las obras de construcción del aeropuerto. Fueron además expropiados los terrenos para el Estadio Provincial, que se construyó posteriormente en la zona de 32 y 19.
Las necesidades de funcionamiento de las cámaras legislativas, que aumentaron el número de sus integrantes, mostraron la escasez de hotelería y se hizo necesaria la construcción del Hotel Provincial en los predios del Mercado "La Plata", ubicado en 8 entre 51 y 53.
Por iniciativa del diputado Pérez Aznar, la Legislatura de la Provincia declaró zona universitaria a la del Bosque, donde se encuentran las facultades e institutos superiores y sus adyacencias.
Pese a estar reservados los fondos que los funcionarios de entonces habían previsto anticipadamente para la construcción de las torres delanteras de la Catedral de La Plata, su colocación no pudo concretarse. y la monumental obra siguió sin poder mostrar a la ciudad su definitiva fisonomía, que concibiera su creador, el ingeniero Pedro Benoit.
El ritmo de los trabajos en los edificios del sector público hizo recordar otras etapas análogas de la prolífica historia platense, ya que también dieron comienzo las obras de la República de los Niños y los numerosos barrios obreros de la ciudad y el partido de La Plata.

GRANDES MÚSICOS VISITABAN LA PLATA

A comienzos de la década del '40, la ciudad de La Plata comenzaría a apreciar las notables dotes musicales del maestro Rodolfo Kubik, quien se constituyó en impulsor del importante movimiento coral de la ciudad.
En el año 1946, llegó de visita al país el gran maestro brasileño Héctor Villalobos, que venía de estrenar el poema sinfónico Mandú Carará, en cuya interpretación participó el Coro Universitario de La Plata dirigido por el maestro Kubik.
Una nueva modalidad para el oyente fue la inauguración que realizó el club Estudiantes de La Plata del sistema fonoeléctrico, que fue presentado en sociedad por el musicólogo Kurt Palilen.
El acto de presentación en sociedad del nuevo adelanto tecnológico se desarrolló en el flamante gimnasio de la entidad, ubicada en la calle 53 entre 7 y 8 de la ciudad fundada por Dardo Rocha. Con el nuevo sistema, los platenses podían acceder a los grandes conjuntos y solistas de la música universal, aunque no estuvieran presentes los artistas.
La ciudad celebró el cincuentenario del conservatorio Santa Cecilia, exaltando su significativa labor en la educación musical de la sociedad platense y homenajeó especialmente a sus maestros Aquiles Zacaría y José Y. Castelli.
El 9 de julio de 1946, en conmemoración del Día de la Independencia de la República Argentina, se realizó un baile para los trabajadores en el estadio del Club de Gimnasia y Esgrima La Plata, con la actuación de dos conjuntos orquestales formados por 52 músicos platenses, seleccionados y dirigidos por el maestro julio de Caro, célebre músico y compositor
Este presentó la "Marcha de los Trabajadores", de la que era autor junto con el afamado y reconocido letrista Enrique Cadícamo.
La marcha era una partitura de ritmo pegadizo, que fue entonada por el coro del Teatro Argentino de nuestra ciudad. A la reunión danzante, organizada para tales efectos, asistió el entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires, coronel Mercante.

LA NOCHE DEL SAN BLAS

En la madrugada del 28 de septiembre de 1944, se produjo una catástrofe en el Puerto de La Plata. A raíz de una explosión en un tanque de combustible, el petrolero San Blas, buque cisterna de casi 22 mil toneladas, cargado con 10 mil toneladas de petróleo y con 30 tripulantes a bordo, fue tomado rápidamente por el fuego. El siniestro se inició a la 1.20 y un testigo narró que el petróleo encendido ascendió a una altura de 300 metros. Los platenses vieron un resplandor rosado en el cielo, hacia el este. Luego se oyeron otras detonaciones en la embarcación surta en el Dock Central, que acababa de amarrar procedente de Comodoro Rivadavia y perteneciente a la flota de YPF.
En La Plata las llamaradas se veían en dirección a la Petrolera y el Puerto. Con la dramática premura que imponía la seguridad de la población, fue retirado el Santa Cruz con su peligrosa carga de 3 mil toneladas de nafta. Como sus máquinas estaban paralizadas, debió ser radiado del lugar tirando de sus cabos. Hubo actos de valor entre quienes manejaron remolcadores sorteando las amenazantes lenguas de fuego. Algunos tripulantes del San Blas se lanzaron al agua con salvavidas. En un bote fueron recogidos el contramaestre y un tripulante. Lamentablemente no todos pudieron sobrevivir a la tragedia y se registraron 12 pérdidas humanas.
Los daños sumaron 10 millones de pesos, y el incendio se extinguió al cabo de cinco días. De la estructura retorcida se destacaba intacta la popa, debido a que la brisa orientó las llamas hacia proa. Las visiones pavorosas del San Blas en llamas resultaron indelebles para los testigos de aquellas dramáticas horas.

ALGUNOS HÉROES PLATENSES

La aviación en La Plata dio sus primeros pasos en la década del '20, con hombres como Artigau, Elverdín, Esteguy, y Goggi. La ciudad contribuyó permanentemente con su aporte material para que el avión "Ciudad de La Plata" pudiese, el día.12 de agosto de 1925, despegar del aeródromo del Dique piloteado por Goggi y Elverdín, para -emprender el raid La Plata - La Paz.
Juan José Esteguy, con apenas 18 años, decidió incorporarse como soldado voluntario al ejército francés, donde en 1918 obtuvo su brevet de piloto internacional. Finalizada la guerra regresó. La colectividad francesa de La Plata lo llamaba "notre Esteguy", e instaló el aeródromo "El Cóndor" en el Dique, que fue inaugurado el 24 de agosto. Así comenzó a realizar sorprendentes vuelos sobre la ciudad a, 40 pesos la hora, a bordo del avión Dorand.
En 1921 llegó la noticia de la derrota de las fuerzas españolas arrolladas por los moros en Marruecos. Un grupo de argentinos decidió alistarse en las filas peninsulares, entre ellos Esteguy. El 26 de octubre de 1922 la ciudad recibió con angustia la noticia de su muerte. Tres años después, sus restos mortales retornaron con la misma nave que lo había llevado: el infanta Isabel. En un auto camión de una conocida empresa fúnebre llegaron a La Plata. Como pocas veces lo había hecho, la ciudad entera se volcó a las calles para rendirle su último homenaje.

EL PRÍNCIPE AZUL

Los cuentos infantiles nunca deben haber sido tan minuciosamente revividos por juveniles cabecitas como en los días que precedieron al 19 de agosto de 1925
En un convoy, que hizo el trayecto La Plata - Buenos Aires en 50 minutos escoltado por aeroplanos llegó el Príncipe de Gales. Una multitud se prolongaba desde la estación del ferrocarril hasta la Plaza San Martín, donde se celebraron los actos de bienvenida.
La recepción ofrecida por el Dr. Cantilo en la Casa de Gobierno constituyó el acontecimiento social más brillante que se haya registrado en La Plata. Damas de las sociedades local y porteñas suntuosos arreglos y valiosas joyas.
En las primeras horas de la tarde, una orquesta de jazz y típica criolla amenizaron la reunión. Las primeras piezas las bailó el príncipe Eduardo con la señora Lily McDonald de Nelson, y luego lo hizo con las señoritas de Ancel, Sáenz Samaniego y Amelia Beiró. Previamente había visitado, el Jardín Zoológico, el Museo de Ciencias Naturales y la Legislatura.
Pocos días después otra figura real nos visitó: el Maharajá de Kapurtala. Con dos secretarios y un valet y tocado con el clásico turbante, arribó a la estación en un coche pullman, agregado al tren ordinario.
Fue recibido por el Gobernador, y en un paseo. por la ciudad le atrajo la Legislatura. Primero su atención se detuvo en el examen del tintero de Bernardino Rivadavia que allí se guardaba. y luego el Maharajá -dueño de legendarias riquezas - se deleitó haciendo sonar las distintas campanas de la Sala de Sesiones, sin olvidar la de alarma.
Posteriormente nos visitó el ex zar de Bulgaria, Fernando de Sajonia (en 1928), quien visitó el Museo Naturales, siendo recibido por su director, Luis María Torres.

DUELOS Y PLEITOS FAMOSOS

En nuestra ciudad había muchos expertos en cuestiones de honor, duelos y manejo de armas. Recordamos a Honorio Szelagowski, experto tirador con armas de fuego, y Benito Lynch, diestro en el manejo de las armas blancas. Ambos, además, profundos conocedores del código de honor.
La mayor parte de las ofensas se lavaban con algunas gotas de sangre y, a veces, ni eso; después de intercambio de disparos, seguía la reconciliación.
En una oportunidad, el director de un diario local Juan José Atencio, fue retado a duelo -precisamente por un artículo aparecido en el matutino, por Rodolfo Moreno, la destacada figura del conservadorismo local, quien, como ofendido, eligió el arma de su especialidad: la espada. El padrino del duelo fue el Dr. Alfredo L. Palacios.
Honorio Szelagowski, amigo y colaborador del periodista que debía batirse, por enfermedad de éste, lo representó en el lance.
Para ello, debió aprender el día anterior las nociones elementales de esgrima pues, como ya se dijo tenía experiencia en el uso del revólver. Salió airoso del trance, la sangre que lavó el honor no fue la suya; el Dr. Moreno resultó tajeado en un brazo.
En otra ocasión dirigió un duelo siendo entonces uno de los duelistas un personaje que sería famoso en el país pero por otras lides -las políticas-. Se trataba del Dr. Ricardo BaIbín. No se tiene noticia de que el líder radical haya protagonizado ningún otro lance caballeresco.

VOLAR POR LOS CIELOS PLATENSES

Apabullados por tanto progreso los platenses vieron, entre incrédulos y entusiastas, volar a uno de ellos.
Sucedió que, a fines de 1909, un joven ingeniero de 22 años, llamado Antonio Borello, construyó él mismo su primer avión, un biplano al que bautizó El Argentino. Para posibilitarle el trabajo, Don José Fígari le habían hecho levantar un toldo en el triángulo de diagonal 77, 9 y 42. El biplano fue trasladado, luego, a una pista improvisada en 66 y 124, donde se intentó hacerlo volar. Las esperanzas se malograron rápidamente, El Argentino no pudo tomar altura. El animoso ingeniero persistió y tiempo después daba vida a otro biplano al que dio el nombre de El Colorado y esta vez su esfuerzo tuvo premio. El 9 de julio de 1913 apoyado por los franceses Artigau, llegó a Villa Lugano.
En 1914 ocurrió un hecho insólito. El suboficial Oitaven, al sobrevolar el arsenal de Río Santiago con El Colorado, chocó contra el puente de mando del General Belgrano. El avión quedó totalmente destruido. Con el apoyo de sus superiores, Oitaven pudo reconstruir El Colorado y hacerlo volar nuevamente.
Mediante la colaboración que prestó don Juan Tettamanti, con elementos de la Compañía de Tranways La Plata, se fundó por la calle 60 en el camino a Berisso, el Aeródromo de la Provincia de Buenos Aires, en el que se realizaron cursos de pilotaje

LOS ÚLTIMOS ADELANTOS DE LA CIUDAD

El ruido ensordecedor de los primeros automóviles con motor a explosión irrumpió irrespetuosamente en las aún tranquilas calles de la ciudad. El radio en que podían desplazarse se reducía notablemente a causa de las lluvias y de los arenales en el verano.
El progreso se fue llevando los primeros tranvías a tracción animal, con sus mayorales, sus caballos con anteojeras y pecheras y el familiar sonido del cornetín. También desaparecería el tranvía fúnebre de su invariable recorrido por la diagonal 74. El sustituto eléctrico llegaría a La Plata conducido por el espíritu pionero de don Juan Tettamanti, a quien se deben las primeras acciones para lograr su instalación.
La habilitación oficial del nuevo medio de transporte se efectuó el 3 de enero de 1910, con el viaje inaugural que contó como pasajero al gobernador de la Provincia, Ignacio de Irigoyen. Ya los platenses habían presenciado los ensayos realizados el 22 de octubre y el 8 de noviembre de 1892 y les habían asombrado el ruido y la velocidad de esos vehículos que avanzaban sin el arrastre de un caballo, ni la fuerza de un motor de vapor.
Después vendría la definitiva incorporación de la Empresa La Nacional, hasta entonces de tranvías a tracción animal, que se fusionó con el tranvía Municipal Urbano.
El tranvía eléctrico estrenó en las calles nuevas músicas: la de la campanilla para detenerse y la de la campana al cruzar las bocacalles o al dar aviso de su paso a los peatones distraídos; también nuevos ruidos: el del esfuerzo del motor al subir alguna cuesta, el del descenso con el freno a mano. Aparecieron nuevos personajes, el motorman y el guarda con gruesos trajes y negros sobretodos.
En los años '60 los tranvías hicieron su último viaje; una resolución selló su destino por considerarlos obsoletos.
No hay dudas, sin embargo, de que la mayor parte de la historia de la ciudad se vivió con el tranvía corriendo por sus calles.
EL PRIMER TRANVIA: la primer línea de tranvías que funciono en nuestra ciudad con carácter de servicio publico se inauguro el sábado 15 de agosto de 1885. El nombre de la empresa era Ciudad de La Plata. El precio del boleto fue fijado en $0.08, pero el día de inauguración todos los pasajeros viajaron gratis. La estación terminal se hallaba en 7 e/ 64 y 65 y unía Plaza Italia con Plaza Moreno por diag. 74 de allí a Plaza San Martín por Avda. 51 y llegaba hasta la Avda. 1, un ramal se internaba en el Bosque y llegaba hasta el Dique, mientras que otro llegaba hasta 1 y 44 y volvía por Diag. 80 hasta la calle 6, donde se encontraba la antigua estación de ferrocarril.
EL PRIMER TRANVIA A VAPOR: en el mes de agosto del año 1890 comenzó a transitar el primer tranvía a vapor de la Provincia de Buenos Aires. Este medio de transporte generaba múltiples recursos económicos, y el mismo unía el puerto de La Plata con los Talas y las minas de conchilla allí ubicadas.
Tranvías con ruido
Durante la mayor parte de su existencia, la ciudad de La Plata fue recorrida por los antiguos tranvías, a caballo hasta los años '10, y a partir de entonces por el eléctrico. Aparejada al tranvía, podría escribirse la historia del petardo, que fue su consecuencia natural y se transformó en un medio de festejo como de protesta. En los años '30, los que petardeaban eran los estudiantes, con productos pirotécnicos de fabricación casera, pues no resultaba fácil conseguir los del ferrocarril, realmente poderosos seguros.
Se los hacía con cajas de pomada u otro tipo de envase, y el contenido corría por cuenta de algún aficionado a la química de explosivos. La mayor dificultad consistía en colocarlos sin despertar sospechas. Para ello se había generalizado un sistema sencillo: se agujereaba el bolsillo y se hacía descender el petardo hacia la vía.
El método fue perfeccionado por un grupo que se trasladaba en un Ford T "a bigotes", al que le sacaban la tabla de abajo de la parte trasera (el coche tenía dos planchas debajo del manubrio). Por allí, los muchachos que iban sentados detrás colocaban el artefacto cada vez que el auto se detenía. Así eran los jóvenes de entonces, que como forma de violencia empleaban el ruido.
Más de ochenta años, desde su fundación hasta pasados los años '66, tuvo La Plata el tranvía y, como acollarado a él, el petardo.

LA CONSTRUCCIÓN DEL MERIDIANO V

En 1900, el Estado provincial constituyó una sociedad mixta con una empresa privada francesa, para construir un ferrocarril que comunicaría a la ciudad con el puerto, el interior de la Provincia y con la Capital Federal. El nombre de Meridiano V le fue dado tomando el de su punto terminal, en el límite que separa la Provincia de Buenos Aires de la de La Pampa.
En los primeros meses de 1910 la ciudad había retomado el ritmo febril de los tiempos fundacionales, con un tendido de un kilómetro y medio de vía por día hábil, el estilo del edificio de la estación del nuevo ferrocarril, ubicada a la altura de 17 y 72, presentaba rasgos de Art Noveau, aunque un tanto ecléctico, con el vidrio y el hierro a la vista. Ocupaba un espacio de 57 metros por 11, con un andén de 6 metros. En la planta baja contaba con todas las instalaciones necesarias para su adecuado funcionamiento; en la planta alta fueron ubicadas: la gerencia las oficinas de tráfico y de ingenieros y la casa del jefe de la estación.
Con la construcción de frigoríficos, fábricas y ferrocarriles, la tan ansiada reactivación de la ciudad parecía haber llegado. Esta aceleración del progreso material no fue acompañada por los correspondientes y necesarios avances en los planos social y políticos.
Una parte importante del país comenzaba a manifestar su aspiración a participar en la una más justa distribución de la riqueza. De allí la actitud proclive a la conspiración de radicales y algunos grupos sindicales.

VIOLENCIA COTIDIANA

En los meses estivales, cuando mucha gente veraneaba en Villa Elisa, la zona de la estación se llenaba de automóviles y coches de plaza.
En ese escenario, el 12 de enero de 1928 un tal Villegas, chofer, colocó su coche paralelo al de un colega apellidado Genovese, produciéndose un agrio intercambio palabras. Genovese exasperado disparó cuatro tiros de pistola contra Villegas, quien permanecía sentado junto al volante. Este tomó una llave inglesa y golpeó a su contrincante en la cabeza; como réplica Genovese extrajo un cuchillo y aplicó varios puntazos en los hombros de Villegas.
A los pocos días fue muerto un joven de 24 años domiciliado en 5 entre 59 y 60. Después de ocurrido el hecho los vecinos vieron al matador, otro joven de 21 años, parado con un revólver 44 en su mano frente al cadáver tendido en la bocacalle. Ambos habían sido grandes amigos; la víctima practicaba boxeo y en reiteradas oportunidades invitó a su amigo a pelear porque "él era más hombre y más capaz". Estas provocaciones no recibían respuesta pero iban generando un profundo resentimiento en quien las recibía. La facilidad para obtener un arma hizo lo demás. Este fue - según se dijo entonces- un crimen entre gente "decente".
Otra reyerta típica de esos tiempos violentos se produjo en el centro de la ciudad. Dos hombres tropezaron al cruzar la calle; molestos por tan inoportuno encuentro Intercambiaron fuertes palabras, y uno de ellos descerrajó un balazo a su circunstancial contrincante, hiriéndolo. El lesionado corrió hasta un zaguán, y desde el piso hizo fuego, el que fue respondido por el atacante, quien optó por emprender la huida.
Grandes y pequeñas grescas
Los motivos eran tantos como sus autores y actores. La gresca se desataba imprevista y furiosamente, y no despreciaba escenarios. Todos los lugares eran aptos: la calle, el patio, el salón de bailes, la cancha de fútbol.
Una notable, por lo prolongada y enconada, fue la que se produjo en el patio de un conventillo de la calle 9 número 617, en un caliente febrero de 1930. Los inquilinos hicieron rueda a dos irascibles mujeres que habían decidido dirimir sus diferencias por las vías de hecho. Todo terminó cuando la perdedora comprobó que un mordisco de su contrincante la privaría, para siempre, de la tercera falange de su dedo meñique.
Otra descomunal se originó en el Salón Operai ltaliani, donde la Sociedad" recreativa "Los Pialadores" había organizado un baile. Era ya la medianoche cuando un asistente se insolentó con una dama. Las quejas de la agredida obligaron a la policía a intervenir, con lo que comenzó la gresca. El atrevido blandió una silla y la lanzó de lleno contra el cuerpo de un vigilante. Dos compañeros acudieron en su ayuda, y a partir de ese momento cualquier elemento se convirtió en proyectil: vasos, sillas, botellas, etc. Cuando el promotor de tanto escándalo era llevado detenido, alguien no convencido de que ésa era pena suficiente tomó a golpes de puño al guarango. Y todo recomenzó. Finalmente, refuerzo policial mediante, los más alborotadores marcharon presos junto a los tres policías que habían intervenido en un comienzo. El resto se dirigió a sus casas a descansar de tanta agitación, y curar algunas heridas producto de la batalla.

COMPARSAS, BANDAS Y CORSOS DE ANTAÑO

Entre las comparsas presentadas en 1901 descolló la Unión Recreativa de Tolosa, que poseía una magnífica orquesta de sesenta músicos, dirigidos por el profesor Dassorella; un gran coro de voces poderosas y bien timbradas, y buenas canciones con letra de Almafuerte. La sociedad estaba constituida por unos cien jóvenes tolosanos que lucían elegantes uniformes de seda celeste, compuestos de chaquetilla y pantalón corto, capa azul, medias negras, zapatos de charol Luis XV, con hebilla de plata dorada, y complementados por un espadín. Su estandarte estaba provisto de multitud de lamparillas eléctricas alimentadas por acumuladores.
Otra sociedad era la de los Negros Congos, compuesta por 65 socios, orquesta y coro. También merecieron mención las comparsas: Estudiantina del Plata, Piratas del Plata, Nación Lucamba, Lira del Plata, Zulús, y otras.
Para recorrer el corso en carros estaban las Náyades, Sílfides, Pescadoras, Guerreras, Trasnochadoras, Gran Flauta, Dragones, Segadoras, Picaronas, Enamoradas, Tenorios, Inglesitas, Tunantes, La Crisis, Pelotaris, Bromistas, y otros.
Tal como lo sugieren los nombres, muchos de estos carros estaban ocupados por damas, con vestidos y adornos que les daban la apariencia del personaje elegido.
Una gran alegría manifestaba el cronista al ver que habían desaparecido las comparsas de candombes, y agregaba: "Muchas de ellas, como los Negros Congos -, que a fuerza de andar entre blancos civilizados aceptaron los beneficios de la civilización, se transformaron en músicos, y arrastraron a otros en sus tendencias reformistas".

LOS CARNAVALES DE ANTES

El 18 de febrero de 1901, la prensa describía el estado de ánimo de los platenses en los alegres días del carnaval. El cronista, de seudónimo Pierrot, reflexionaba que el siglo XIX tenía una serie de preocupaciones y lo calificaba de malhumorado. Afirmaba que iban pasando las crisis, las inundaciones, el ''coup de chaleur", la bubónica y la aftosa. Sin embargo, agregaba: "He recorrido todo el corso y no he visto una sola arruga por las preocupaciones del porvenir. El pueblo se ha lanzado a las calles espontáneamente en una onda colosal, pero mansa. Su rumor no es siniestro, como el de las tempestades... El ambiente físico sano y vivificante. Y ese bienestar físico individual y colectivo forman un medio ambiente moral que sonríe, que se apodera de la multitud, que se deja mecer y arrullar sin resistencia, en un goce sano de continua delicia", un tanto barroco el estilo, pero refleja el espíritu festivo que creaba en nuestros abuelos el carnaval.
Seguía el comentario: "Los palcos llenos de gente de todas clases sociales, sexos y edades, sostienen una batalla incesante y sin tregua con proyectiles de flores y serpentinas contra coches elegantes, damas deslumbrantes de hermosura y carros de gente humilde y de trabajo, igualados todos y nivelados todos democráticamente, por el buen humor y la corriente de alegría, que es la nota dominante de la fiesta".
Parecía que la gente de esos días se olvidaba de todos los problemas de la vida cotidiana y se sometía con entusiasmo al encanto pagano del carnaval.

EL FIN DE LA LOCOMOTORA "CLEMENTINA"

"La Clementina" fue una locomotora muy conocida en nuestra ciudad que brindó buenos servicios para la conexión ferroviaria entre nuestra ciudad y los mataderos de Abasto.
El pequeño ferrocarril cumplió bien su labor durante muchos años. Partían cuatro trenes de ida y otros tantos de vuelta. En un café y bar de 51 y 17 funcionaba la boletería. Había vagones de carga y de pasajeros. Paraba en cualquier parte, donde se le detuviera, para subir o bajar.
Con el mejoramiento de los caminos, el servicio que prestaba "La Clementina" fue decayendo en importancia hasta desaparecer.
Al crearse en 1929, el Servicio Municipal Autárquico del Transporte, se aprovecharon las antiguas vías para establecer un servicio de autorriel entre La Plata y Abasto, pero también concluyó, oscura y silenciosamente, un día de 1959

CONSTRUCCIÓN DE LAS PLAZAS ESPAÑA E ITALIA

Durante 1898, las autoridades municipales y provinciales aceleraban la construcción de obras para la nueva ciudad, así, las plazas y los espacios verdes empezaban a distinguir a La Plata.
Por ejemplo, a la Plaza Italia se le acababa de construir un cerco de mampostería, pared con balaustrada, de escasa altura, interrumpida en las diagonales y avenidas que la atravesaban, con entradas en las cuales se hicieron escaleras de mármol blanco, cuando el desnivel entre la vereda y el suelo interior de la plaza lo exigía.
En el centro del recinto así circundado, se empezó durante aquel año, a realizar la idea del monumento a Italia, que la colectividad italiana de La Plata allí levantaría. La obra apenas progresaba, pero la muerte trágica del rey de Italia, Humberto 1, en el año 1900, llevó a los organizadores de tal homenaje a su nacionalidad de origen, a apresurar la construcción de dicho monumento.
Por otra parte, el 19 de noviembre de 1900 se inauguraba la famosa Plaza España, a la que, según la crónica de la época, "poquísima concurrencia asistió".
La inauguración se efectuó a las ocho de la noche y, además del Gobernador y. los ministros, asistieron varios miembros de la Sociedad Española, y el Intendente Municipal, señor Lezcano. En cambio, por la noche, el baile en la Casa de Gobierno, estuvo animadísimo. La función de gala que se realizó en "El Argentino" estuvo brillante, cantándose el Himno Nacional y la ópera “La Boheme". Para el año 1900, la barriada ubicada en inmediaciones de a Plaza España aún era casi campo abierto.
Para sorpresa de los vecinos del lugar, allí se instaló un médico, que por su manera de ser y de actuar, parecía "casi e campo". Fue en la esquina de as calles 7 y 63, y se llamaba Estanislao Bejarano.
En esos tiempos, el contorno de la plaza estaba alambrado. Así también lo estaban casi todas las manzanas aledañas. Por esos potreros, se encontraba el famoso y recordado "Tambo de Gatti". La vieja casona en la que habitaba Bejarano, con el centenario palo borracho, fue demolida luego en 1970.
El poeta platense Adolfo Eduardo Durán, le ha cantado para el recuerdo de esta manera:
"Al contemplarse solariega y vieja, junto al palo borracho que te cuida desenvuelvo en mi mente la madeja que formé con recuerdos de mi vida.
Y vuelvo atrás, vieja casa, al tiempo ido, cuando mi madre me llevaba de la mano a visitar a aquel hombre tan querido, al bueno doctor, al viejo Bejarano...
Y a la par que mi memoria lo revive pienso que al patio, al árbol y al aljibe. Tal vez mucho tiempo no les sobre. ¡Pero sí ha de quedar en esa esquina el espíritu de aquél que la ilumina de aquel doctor tan bueno con los pobres!.

LA PLAZA ''SAN MARTÍN”

A principios de siglo La Plata era una ciudad provinciana donde la mayor parte de la gente se conocía, por lo menos de vista. Con el transcurrir del tiempo la ciudad fue creciendo, se formaron nuevos barrios, arribaron más argentinos del interior y también extranjeros. Los rostros familiares se fueron confundiendo con los desconocidos en un proceso característico de la vida urbana. Comenzaron a palparse entonces las desventajas del progreso.
La Plaza San Martín se había convertido en el lugar de paseo obligado de las familias platenses, tanto en las breves tardes invernales como en las cálidas y perfumadas noches de verano, más aún cuando se programaban retretas y se podía escuchar selecta música ejecutada por una banda - la de Policía que durante muchos años había sido una de las mejores de Sudamérica.
La pérdida de la intimidad en este y otros paseos dio lugar a un polémico intercambio de cartas entre los vecinos.
Algunos señalaban que "a las retretas de Plaza San Martín las frecuenta lo más granado de nuestra sociedad. ¿Por qué se hace lo posible para ahuyentar a la gente decente? Gente joven que se reúne en sitios estratégicos y dirige pullas de mal gusto, organiza riñas y corre de un lado a otro".

PULPERIA LA COLORADA

El tango, el campo y las costumbres urbanas del pasado se confunden en el tiempo y convergen en una vieja casa de la calle 57. Ahí es donde se abre la pulpería La Colorada, una suerte de museo histórico en donde un puñado de parroquianos rescató pequeñas cosas del olvido para convertirlas en una historia de vida.
Marcelo Strianese abre una vieja puerta de doble hoja y con un gesto invita a sumergirse en su propio mundo. Camina lentamente por un espacio que parece perdido en el tiempo, y se detiene en un rincón para desempolvar un cofre tallado a mano en el año 1740. Después observa una pared tapizada de recuerdos y apunta a una foto de Juan Moreyra, «la única que se le conoce, dice, la que le sacaron para el prontuario». Y mientas se escucha el lamento profundo de un bandoneón, señala una bicicleta de reparto que perteneció al propietario del almacén platense La Campana y a la que el tranvía pisó en el año '37.
Esa escena, que parece una postal escapada de otros tiempos, transcurre en la Pulpería La Colorada, una casa tipo chorizo de la calle 57 que su propietario, Marcelo Strianese, convirtió en una suerte de museo histórico y club de amigos. Un lugar no comercial en el que a pesar de su nombre, no se sirven tragos ni copas; y en el que un grupo de parroquianos trabaja para rescatar del olvido pequeñas cosas, pedazos de culturas urbanas y rurales, para convertirlas en una historia de vida que se le regala a los visitantes.
Anunciado desde la fachada como "local no comercial", en la pulpería platense se pueden ver, entre otras cosas; rifles franceses Chasepot de 1870, manuscritos de Rosas, una máquina de hacer helados de la década del '20, municiones de las batallas libradas en Punta Lara, vitrolas, y hasta la caja registradora del bar Londres de Berisso. El tango, el campo y las costumbres urbanas tienen un lugar en esta especie de museo en el que, según Strianese, no se sabe la cantidad de piezas que se exhiben.
Entre esas piezas que nunca se contabilizaron, se puede ver, intacta y todavía sonando, la campana del tranvía N' 8. También andan expuestas por ahí algunas obras de escultores, poetas, cantores y pintores que dejaron grabado su paso en las paredes de la pulpería. Al mismo tiempo, perdido en ese paisaje heterogéneo, se puede observar hasta un cofre tallado a mano hace unos 240 años, que perteneció a la única reducción guaranística de la Provincia.
Razones coloradas
Cuando se le pregunta a Strianese por el nombre de la casa, cuenta que lo de las pulperías llamadas La Colorada, La Blanqueada o La Rosada, tenía que ver antiguamente con los insumos de los que disponía la gente a la hora de pintar los locales. Y en este caso particular el nombre refleja los lugares que se pintaban con sangre de toro.
Cuenta el coleccionista que la idea de convertir su casa en una pulpería nació en el '83, cuando se reunió con un grupo de amigos que decidió realizar una tarea de rescate; un reciclado y un reservorio de las cosas que se van perdiendo y que tienen que ver con los platenses, con las costumbres del campo y, sobre todo, con una cuestión histórica.
Así, el grupo se propuso despertar los pequeños secretos del pasado y con los años fueron organizando talleres de restauración para poner a punto los objetos que llegaban deteriorados. En esas instancias se utilizaban técnicas tradicionales para trabajar los cueros, los metales y las maderas, mientras en simultáneo se organizaban charlas sobre usos y costumbres, «Inicialmente se hacían reuniones de 10 o 12 personas, mientras que ahora el número de comensales para los encuentros supera los 400, dice Strianese mientras le da manija a una máquina de hacer helados.
A dos metros de allí, y como si se tratara de un lugar sagrado, una pared atiborrada de escritos y postales, le rinde un profundo homenaje a Don Tulio, Más adelante, sobre una mesa, se amontonan los discos del Cuarteto Zupay, Opus Cuatro y Los Trovadores, justo adelante de un escenario con bombos de cuero por los que pasaron artistas nacionales e internacionales.
"Todo se hizo a ponchazos y sin recursos, para despuntar el vicio y para darle una actividad a la vida después de los 40. Acá el valor no lo dan las cosas que trae la gente, sino el grupo humano que trabaja por un importe cultural y un rescate apuntalando al mañana", dice Marcelo Strianese al tiempo que Cerapio, un perro chico con cara de malo, parece asentir las palabras de su dueño desde un rincón cargado de testigos de otros tiempos.